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Me sequé la transpiración con el borde de la remera. A la hora de la siesta era cuando más me gustaba la casa. La pieza más grande, en la que dormíamos con mi hermana Lourdes, se encontraba después del comedor y antes de la de papa y mamá. En el medio de las dos estaba el baño, que tenía dos puertas, una que daba a nuestra pieza y otra a la de ellos. |
Esther abrió los ojos, se llevó las manos a la cabeza. Sintió que le dolía. Giró en la cama y vio a su lado al hombre. Se tapó la boca con la mano cuando le surgió una repentina náusea. Ahora con movimientos torpes bajó de la cama. En el piso las botellas de vino estaban vacías. Casi con pánico vio que el cuadro de la pared se movía. El hombre continuaba durmiendo y eso le dio tranquilidad. No lo reconocía. Se inclinó, miró el tatuaje que él tenía en el brazo. Seguía sin saber quien era. Se masajeó las sienes tratando de recordar lo sucedido la noche anterior. Su cara pálida mostraba arrepentimiento y tristeza. Pensó: ¿Por qué volví a hacerlo? Recogió la ropa sin hacer ruido. Movió despacio la cabeza para no perder el equilibrio. Aún estaba mareada. Vio más botellas, vasos volcados. Lloró. Se dijo: soy una basura, que culpa tienen los tipos. Se acercó al espejo e intentó darle un puñetazo a su cara, pero se contuvo. Se sentó al pie de la cama, inclinó la cabeza y refregó con rabia las lágrimas. Permaneció en esa posición por unos minutos. Se levantó y se vistió, tomó la cartera, fue caminando desgarbada hacia la puerta del departamento. Volvió a mirar el cuadro, ahora lo vio inmóvil. Dudo en irse. De la agenda sacó un papel y una lapicera. Escribió unas líneas. Se acercó a la mesita de luz y dejó debajo del cenicero el escrito.
Lo despertó la bocina del tren. Vio la cama vacía y no le interesó que esa mujer que la noche anterior había conocido en el bar, no estuviera. Se levantó. Pasó frente al espejo, miró con satisfacción el tatuaje que hacia unos días le habían hecho.
A través de la ventana miró las vías. Levantó la mano respondiendo al saludo de un vecino. Bostezó, cerró la ventana. Al girar vio el papel sobre la mesita de luz. Se acercó con curiosidad. Leyó: Para Vos. Lo dio vuelta: Anoche, no sé si te dije que tengo sida, Esther. Miró hacia la mesita de luz, la caja de preservativos estaba intacta.
EL CAZA MARIPOSAS
Lena Berardone
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Caminaba por Corrientes, el chaparrón se largó de golpe. Me faltaban tres cuadras para llegar a la entrada del subte. Un taxi venía con la luz encendida, corrí, alcé la mano y tropecé con un hombre que estaba abriendo la puerta trasera del auto. Quise decirle que al taxi lo había visto primero, pero él me preguntó para dónde iba. Compartimos el viaje. Así lo conocí a Miguel. A la semana empezamos a salir. Me puse al día con películas y obras de teatro. Las charlas se prolongaban hasta bien entrada la madrugada. Cuando me dejaba en la puerta de casa, le ponía la mejilla para despedirnos. La primera vez que me besó en la boca me puse tensa. El se dio cuenta y no insistió demasiado en el beso. Esa noche no pude dormir bien. Tenía la rara sensación de haber tocado unos labios tibios que me produjeron escalofríos. |
EL CASAMIENTO
Lena Berardone
Esa tarde vuelve a mi memoria cada vez con mayor frecuencia, más aún con el pasar de los años. Estaba preparándome para ir al cumpleaños de mi hermana, cuando me llamó. — Evaristo venga a mi escritorio quiero hablar con usted en privado. Él me infundía temor. Me sequé la cara para que no quedara una gota de sudor, limpié las botas y me paré frente a él. — Si señor Ordóñez, que quería decirme — nunca pude llamarlo patrón, como le decían los demás. —Evaristo usted sabe que favor con favor se paga ¿No es así? —Si señor, así es. —Bien. Yo los ayude a usted y a su familia impidiendo que pusieran presa a su hermana. Hoy, necesito que usted me ayude con la mía. — Como no señor, lo que mande. Todo lo que me había pedido, siempre lo cumplí, por respeto y como bien él decía por obligación. —Hay un tema que me tenía preocupado, pero ya le encontré solución. Mi hermana tiene que casarse. — Ah…y ¿En qué puedo ayudarlo yo? No me gustaba como me miraba. Dio unos pasos hasta el mueble que estaba debajo de la ven- tana. Abrió una caja de donde sacó los cigarros que había traído de la Capital. Después de echar el humo me dijo: — Puede ayudar y mucho. Usted es el que va a casarse con Rosario. Un rebencazo en la cabeza no me habría lastimado tanto como lo que el señor Ordóñez me estaba diciendo. — Yo ¿Con su hermana? Es muy jovencita señor y además no nos tratamos. —No es tan joven Evaristo. Será un matrimonio solo en apariencia. Entre ustedes no habrá nada, jamás habrá nada— y me miró remarcando el peso de sus palabras. —Entonces no entiendo señor. — Lo he pensado mucho y me parece lo mejor. De esta manera estoy seguro de que ningún tilingo de los que andan por ahí se adueñe de ella— se alisó el bigote— y tengo la certeza de que usted sabrá respetar mis órdenes. No olvide que su vida y la de su familia dependen de mí. —Disculpe el atrevimiento, pero ¿Si pensamos en otra solución? Yo puedo cuidarla, estar atento a las personas que se le acerquen. Hasta puedo convencerlos de que se vayan del pueblo—me costaba mantener firme la voz— lo que me está pidiendo es mucho para mí. —Le di mil vueltas en mi cabeza y le repito que es la única solución y espero no tener que despedirlo y menos aún delatar a su hermana ¿Ha entendido, Evaristo?— había apoyado las ma- nos en el escritorio y me miraba con dureza— Puede tener sus asuntos con otras mujeres, pero con mucho cuidado. Sentí que el pañuelo en el cuello me estaba apretando, lo aflojé con la mano. — El casamiento será dentro de un mes — siguió dando más y más instrucciones sin importarle absolutamente nada. — Señor Ordóñez ¿La señorita Rosario qué opina? —Está de acuerdo — dicho lo cual se fué a la puerta y me ordenó seguir en mis tareas, como si lo que acababa de decir fuera cosa de todos los días. Los preparativos para el casamiento fueron rápidos y grande la sorpresa en el pueblo. Yo no ignoraba que los hermanos Ordóñez no eran muy queridos. Era habitual que se tejieran histo- rias, a veces instaladas por puro aburrimiento. Ahora sería el cuñado de Ordóñez y no podía ni tenía valor para negarme a cumplir lo pactado. En la fiesta, los invitados nos miraban con suspicacia presumiendo la gran noche que se aveci- naba y yo debía fingir. Las frases con doble sentido salían rápidas de las bocas de mis pocos amigos entonados por la bebida. Los invitados se fueron. En la casa, Ordoñez me agarró del codo y me llevó hasta la puerta que estaba al lado de la pieza de Rosario. La abrió y me ordenó que entrara. Una cama, una mesita de luz y una cómoda era todo lo que había: —Usted dormirá siempre acá Evaristo— me dijo y salió con paso firme. Esa noche, la señorita Rosario dió gritos de placer, pero no en mis brazos, sino en los de Ordóñez. En la pieza de al lado, pasé la noche en vela. |