LENA BERARDONE

 Escritora Lena Berardone

 

BICHO BOLITA

     Me sequé la transpiración con el borde de la remera. A la hora de la siesta era cuando más me gustaba la casa. La pieza más grande, en la que dormíamos con mi hermana Lourdes, se encontraba después del comedor y antes de la de papa y mamá. En el medio de las dos estaba el baño, que tenía dos puertas, una que daba a nuestra pieza y otra a la de ellos.
     Fui para el fondo de la casa a buscar lagartijas y bichos bolita, esos bichos que se esconden con el sol y a los que papá les tenía asco. Mamá dormía la siesta. Espié por la ventana la pieza de Ramona. Estaba apoyada contra la pared con los ojos entrecerrados. No estaba sola, papá le tocaba las tetas. Me asusté, salí corriendo y me llevé el balde por delante. Patiné en el agua enjabonada y fui a dar contra la pared de la cocina. Me levanté rápido antes de que papá me viera. Paré en la mitad del patio y me apoyé en el limonero. Llegué a la pieza. Mi hermana, al verme, dejó de escribir en el diario.
     — ¿Qué pasa piojo? —me dijo burlándose — ¿Te pescó alguien?
     Me senté en la cama, ella levantó los hombros y volvió a escribir.  Estuve callado por un rato. Agarré el frasco donde tenía, con un poco de tierra, los bichos que había juntado en la semana y conté los agujeros de la tapa.
     — ¿Lourdes?
     —  Qué.
     —  No, nada
     —  Habla tonto.
     —  Recién lo vi a papá en la pieza de Ramona. Le estaba tocando las tetas.
     —  El sol te hizo mal —ella se levantó —papá tiene razón, te la pasas inventando cosas —tiró el cuaderno sobre la cama.
     —  No invento, yo los vi ¿Se lo contamos a mamá?
     — Terminala —se tiró en la cama —. Acostáte y dormí antes que nos vean y se arme la podrida —cerró el cuaderno con la llave y se la colgó del cuello.
     No me animé a ir a jugar. A la cinco de la tarde vino Ramona a decirnos que teníamos la leche lista. Le miré las tetas. No estaban hinchadas. Fuimos al comedor. Mamá estaba perfumada, papá en pantuflas fumaba la pipa y leía el diario. Ellos tomaban mate, yo no pude terminar la leche, me dolía el estómago. A la cinco y media papá se levantó, se puso los zapatos y fue abrir la farmacia. Mamá prendió la radio para escuchar la novela y empezó a tejer.
     En la cena, Ramona sirvió pollo al horno con papas, la comida que más me gustaba. Los lunes no se hacía esa comida en casa. Ramona me guiñó un ojo antes de irse para la cocina. Pensé con temor: Me vió por la ventana.
     Miré a Lourdes, ella tenía la vista clavada en el plato y con la mano apretaba la llave del diario. Cuando papá acomodó la servilleta en la falda, todos pudimos empezar a comer.
     — ¿Terminó la tarea de la escuela?—me preguntó papá.
     Cuando se ponía serio trataba de usted. Si Ramona me había visto, le contó. Tal vez él sabía que esa tarde no había dormido la siesta.
     — Si papá, la terminé —y acerqué el vaso a mamá para que me diera agua.
     Esa noche no dormí bien, los mosquitos me picaron mucho. Al día siguiente en el colegio no tuve ganas de jugar ni siquiera a la pelota. Llegué a casa después del mediodía. Me esperaban para comer. Comí poco. Nos mandaron a dormir porque el sol a esa hora era fuerte. En la pieza agarré el frasco con los bichos. Salí al patio sin hacer ruido, vi la ventana de Ramona, no me animé a espiar. En la puerta del comedor estaban los zapatos, que papá se sacaba ni bien llegaba. Sacudí el frasco y lo abrí, agarré un zapato. No pude tirar los bichos bolita adentro. Caminé hasta el limonero y los desparramé alrededor del tronco, aplastándolos contra la tierra. Fui para mi pieza a tratar de dormir la siesta.
     Cuando me levanté Ramona lavaba las camisas de papá. Apoyadas sobre la tabla de lavar, cepillaba el cuello y las dejaba en remojo en un balde. Tarareaba una canción que a mi me resultaba desconocida. Fue para la cocina. Yo estaba detrás del limonero. No me había visto. El balde quedó dentro de la pileta, la botella de lavandina estaba cerca. La miré. Me acerqué, saqué la tapa y eché un buen chorro adentro del balde. Fui para el fondo sin hacer ruido. Me habían vuelto las ganas de juntar lagartijas y bichos bolita.
     — Ramona, Ramona ¿qué hizo? Arruinó las camisas de mi marido —la voz de mamá sonaba alterada.
      — Yo, las puse en remojo señora. No las arruiné —dijo Ramona.
     — Ah ¿No? y ¿Esto qué es? —mamá le mostraba acercándole a la cara, la camisa que había sacado del balde. Yo las espiaba desde la ventana de mia.
Siguieron discutiendo por un rato.
     — Prepare la valija y váyase, estoy cansada de sus descuidos.
     A mamá nunca la había visto tan enojada. Ni cuando yo hacía esas macanas bien grandes.
     — Voy a esperar al señor —dijo Ramona.
     — No es necesario ¡Se va ahora!
     Ramona tardó lo más que pudo en preparar la valija, pero no le fue suficiente como para ver a papá.
     Se fue sin despedirse. Apenas cerró la puerta de calle, mamá llamó a la parroquia.
     — Si, doña Matilde, que sea una señora grande, estas mocosas no hacen las cosas bien —dijo mamá y me sonrió al verme en la puerta del comedor con el frasco de los bichos bolita que había juntado esa tarde.

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 PARA VOS
Lena Berardone

 

     Esther abrió los ojos, se llevó las manos a la cabeza. Sintió que le dolía. Giró en la cama y vio a su lado al hombre. Se tapó la boca con la mano cuando le surgió una repentina náusea. Ahora con movimientos torpes bajó de la cama. En el piso las botellas de vino estaban vacías. Casi con pánico vio que el cuadro de la pared se movía. El hombre continuaba durmiendo y eso le dio tranquilidad. No lo reconocía. Se inclinó, miró el tatuaje que él tenía en el brazo. Seguía sin saber quien era. Se masajeó las sienes tratando de recordar lo sucedido la noche anterior. Su cara pálida mostraba arrepentimiento y tristeza. Pensó: ¿Por qué volví a hacerlo? Recogió la ropa sin hacer ruido. Movió despacio la cabeza para no perder el equilibrio. Aún estaba mareada. Vio más botellas, vasos volcados. Lloró. Se dijo: soy una basura, que culpa tienen los tipos. Se acercó al espejo e intentó darle un puñetazo a su cara, pero se contuvo. Se sentó al pie de la cama, inclinó la cabeza y refregó con rabia las lágrimas. Permaneció en esa posición por unos minutos. Se levantó y se vistió, tomó la cartera, fue caminando desgarbada hacia la puerta del departamento. Volvió a mirar el cuadro, ahora lo vio inmóvil. Dudo en irse. De la agenda sacó un papel y una lapicera. Escribió unas líneas. Se acercó a la mesita de luz y dejó debajo del cenicero el escrito.


     Lo despertó la bocina del tren. Vio la cama vacía y no le interesó que esa mujer que la noche anterior había conocido en el bar, no estuviera. Se levantó. Pasó frente al espejo, miró con satisfacción el tatuaje que hacia unos días le habían hecho.
A través de la ventana miró las vías. Levantó la mano respondiendo al saludo de un vecino. Bostezó, cerró la ventana. Al girar vio el papel sobre la mesita de luz. Se acercó con curiosidad. Leyó: Para Vos. Lo dio vuelta: Anoche, no sé si te dije que tengo sida, Esther.  Miró hacia la mesita de luz, la caja de preservativos estaba intacta. 

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EL CAZA MARIPOSAS
Lena Berardone

     Caminaba por Corrientes, el chaparrón se largó de golpe. Me faltaban tres cuadras para llegar a la entrada del subte. Un taxi venía con la luz encendida, corrí, alcé la mano y tropecé con un hombre que estaba abriendo la puerta trasera del auto. Quise decirle que al taxi lo había visto primero, pero él me preguntó para dónde iba. Compartimos el viaje. Así lo conocí a Miguel. A la semana empezamos a salir. Me puse al día con películas y obras de teatro. Las charlas se prolongaban hasta bien entrada la madrugada. Cuando me dejaba en la puerta de casa, le ponía la mejilla para despedirnos. La primera vez que me besó en la boca me puse tensa. El se dio cuenta y no insistió demasiado en el beso. Esa noche no pude dormir bien. Tenía la rara sensación de haber tocado unos labios tibios que me produjeron escalofríos.
     —Vayamos despacio — le dije la noche siguiente. Miguel había puesto cara de fastidio, pero enseguida me tomó las manos, las besó.

     Habían pasado dos meses. No me disgustaban sus besos. Esa noche no fuimos al cine, ni al teatro. Cenamos en su departamento. Bailamos en la sala. Miguel me había sacado la blusa, me apretaba contra su cuerpo. Con una mano me revolvía el pelo, con la otra me desprendía el corpiño. Me dejaba llevar por una emoción hasta entonces desconocida. Cuando estuvimos en la cama, cerré los ojos. Miguel estaba encima de mí. Me besaba los ojos, el cuello mientras murmuraba: Tu olor, me excita tu olor, tu piel. Tu boca me vuelve loco, chiquita.
     Me puse tensa, lo empujé con furia. El corazón me latía fuerte. Junté las piernas y me tapé con la sábana.
     — ¿Qué te pasa, que hice mal?—me preguntó sorprendido, acercando la cara.
     — Nunca más vuelvas a decirme chiquita—le dije.
     El intentó acariciarme la cabeza. No lo dejé. Corrió la sábana y se bajó de la cama. Lo tomé del brazo para que se quedara. Me miró desconcertado, lo abracé y comencé a llorar.
     —¡Qué te pasa?, por favor decime.
     —No, hoy no.
     —Decime que te pasa.
    Permanecí en silencio. El insistió y de pronto empecé a contar un episodio que nunca creí que iba a revelar.
    — Cuando tenía once años—le dije con un tono de voz que no me reconocí— una tarde corría con el “caza mariposas” que habíamos hecho con mi prima Belén. Nos gustaba llamarlo así. Esa tarde Belén no había venido al campito donde a la hora de la siesta nos escapábamos para jugar. A mí me gustaba cazar mariposas”
     Miguel quiso acariciarme. Corrí la cara, le pedí que me escuchara.
    —Había cazado a varias mariposas, sabés y me había quedado con una sola, cuando apareció el tío, hermano de mamá. Le dije, no le cuentes a mami que no estoy durmiendo. El se acercó y me abrazó. No chiquita, no vamos a decir nada y me dio un beso. Vamos a jugar juntos, dijo. Tengo una sola red, le contesté y me solté del abrazo. El me agarró por el codo. Podemos correr y atraparlas entre los dos, me propuso sonriendo. Dale, así cazamos más.
Miguel había apoyado la cabeza sobre la palma de su mano. Con el codo hacía un hueco en la
almohada. Seguí hablando y miré al techo.
     —Fuimos avanzando por el campito. Sigamos a ésa, mira que colores, dijo mi tío. Cruzamos la zanja y vi que muchas mariposas entraban en el galpón abandonado. Algunas se posaron en las flores amarillas que habían crecido en el interior, bordeando las paredes descascaradas. Temí que alguna se metiera en los agujeros del revoque caído o en los tachos oxidados que había desparramados por el suelo. Íbamos detrás de ellas con la red en alto. Él se separó de mí. Cerró el portón. Me dijo: Para que no se escapen.
     Dejé de hablar, me incorporé y agarré un cigarrillo. Lo prendí. Miguel no se había movido, permanecía callado. Después de dos pitadas, volví a hablar.
     —Correla, correla ya casi la tenés. Su voz retumbaba como un graznido en una caverna. El tío estaba parado y tenía una mano en el bolsillo del pantalón. En un momento tropecé con él, quise separarme, pero no me dejó. Agarró mi mano y la puso adentro de la bragueta. Quise sacarla, me lo impidió. Acaricialo, dale, acaricialo como a las mariposas, me dijo con la boca pegada a la mía. Me había agarrado de los pelos y seguía manteniendo fuerte mi mano des- lizándola en forma brusca hacia su entrepierna.
     Lo miré a Miguel.
     — ¿Me estas escuchando?
     No me contestó. Después de unos segundos, sin mirarme a los ojos, asintió con la cabeza.
    Prendí otro cigarrillo. Apreté mi pecho con una mano y respiré hondo. Me animé a continuar.
    —Tío, no quiero seguir jugando. Tenía mucho miedo. El me acercó aún más y su boca abierta la apoyó en la mía. Su aliento me dio asco. Las piernas se me aflojaron. Con desesperación quería estar en casa durmiendo la siesta o que mamá apareciera y me sacara de ahí. El tío me miraba y espiaba hacia el portón. La odié a Belén por no haber venido. Quise soltarme. Se lo rogué llo- rando, sabés Miguel, llorando. No me dejó. Me tiró al piso y caí sobre la red. Me arrancó la bombacha. Quise gritar, la voz no salió. Con una mano me sujetaba para que no me moviera, con la otra me abría las piernas. Después sentí un dolor fuerte y que estaba mojada. El jadeaba. Ese tiempo fue una eternidad. Se cerró la bragueta y se fue.
     No me di cuenta que las cenizas del cigarrillo habían caído sobre las sábanas. En mi mano solo quedaba el filtro. Miguel se había sentado en la cama. Di la vuelta, quedé de espaldas, doblé las piernas hasta casi tocarme el mentón con las rodillas. Una intensa congoja se apoderó de mí. No volví a hablar.
     Mientras viajábamos en el auto, Miguel prendió la radio. Cuando llegamos a casa no apagó el motor. Bajé. Abrí la puerta de casa y giré la cabeza. El auto había arrancado.
     Recordé la frase del tío: Chiquita, acordate lo que dijimos. No podemos decir nada.

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 EL CASAMIENTO
Lena Berardone


     Esa tarde vuelve a mi memoria cada vez con mayor frecuencia, más aún con el pasar de los años. Estaba preparándome para ir al cumpleaños de mi hermana, cuando me llamó.
     — Evaristo venga a mi escritorio quiero hablar con usted en privado.
     Él me infundía temor. Me sequé la cara para que no quedara una gota de sudor, limpié las botas y me paré frente a él.
     — Si señor Ordóñez, que quería decirme — nunca pude llamarlo patrón, como le decían los demás.
     —Evaristo usted sabe que favor con favor se paga ¿No es así?
     —Si señor, así es.
     —Bien. Yo los ayude a usted y a su familia impidiendo que pusieran presa a su hermana. Hoy, necesito que usted me ayude con la mía.
     — Como no señor, lo que mande.
     Todo lo que me había pedido, siempre lo cumplí, por respeto y como bien él decía por obligación.
     —Hay un tema que me tenía preocupado, pero ya le encontré solución. Mi hermana tiene que casarse.
     — Ah…y ¿En qué puedo ayudarlo yo?
     No me gustaba como me miraba. Dio unos pasos hasta el mueble que estaba debajo de la ven- tana. Abrió una caja de donde sacó los cigarros que había traído de la Capital. Después de echar el humo me dijo:
     — Puede ayudar y mucho. Usted es el que va a casarse con Rosario.
     Un rebencazo en la cabeza no me habría lastimado tanto como lo que el señor Ordóñez me
estaba diciendo.
     — Yo ¿Con su hermana? Es muy jovencita señor y además no nos tratamos.
     —No es tan joven Evaristo. Será un matrimonio solo en apariencia. Entre ustedes no habrá nada, jamás habrá nada— y me miró remarcando el peso de sus palabras.
     —Entonces no entiendo señor.
     — Lo he pensado mucho y me parece lo mejor. De esta manera estoy seguro de que ningún
tilingo de los que andan por ahí se adueñe de ella— se alisó el bigote— y tengo la certeza de
que usted sabrá respetar mis órdenes. No olvide que su vida y la de su familia dependen de mí.
     —Disculpe el atrevimiento, pero ¿Si pensamos en otra solución? Yo puedo cuidarla, estar atento a las personas que se le acerquen. Hasta puedo convencerlos de que se vayan del pueblo—me costaba mantener firme la voz— lo que me está pidiendo es mucho para mí.
     —Le di mil vueltas en mi cabeza y le repito que es la única solución y espero no tener que despedirlo y menos aún delatar a su hermana ¿Ha entendido, Evaristo?— había apoyado las ma- nos en el escritorio y me miraba con dureza— Puede tener sus asuntos con otras mujeres, pero con mucho cuidado.
     Sentí que el pañuelo en el cuello me estaba apretando, lo aflojé con la mano.
     — El casamiento será dentro de un mes — siguió dando más y más instrucciones sin importarle absolutamente nada.
    — Señor Ordóñez ¿La señorita Rosario qué opina?
    —Está de acuerdo — dicho lo cual se fué a la puerta y me ordenó seguir en mis tareas, como si lo que acababa de decir fuera cosa de todos los días.
    Los preparativos para el casamiento fueron rápidos y grande la sorpresa en el pueblo. Yo no ignoraba que los hermanos Ordóñez no eran muy queridos. Era habitual que se tejieran histo- rias, a veces instaladas por puro aburrimiento. Ahora sería el cuñado de Ordóñez y no podía ni tenía valor para negarme a cumplir lo pactado.
    En la fiesta, los invitados nos miraban con suspicacia presumiendo la gran noche que se aveci- naba y yo debía fingir. Las frases con doble sentido salían rápidas de las bocas de mis pocos amigos entonados por la bebida.
     Los invitados se fueron. En la casa, Ordoñez me agarró del codo y me llevó hasta la puerta que estaba al lado de la pieza de Rosario. La abrió y me ordenó que entrara. Una cama, una mesita de luz y una cómoda era todo lo que había:
     —Usted dormirá siempre acá Evaristo— me dijo y salió con paso firme.
     Esa noche, la señorita Rosario dió gritos de placer, pero no en mis brazos, sino en los de Ordóñez. En la pieza de al lado, pasé la noche en vela.

 

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