GERARDO REAN

Escritor Gerardo Rean

EL CUADERNO VERDE


Desde el ventanal José Luis veía la plaza, donde dos viejos jugaban al ajedrez, con piezas de madera en un tablero de cartón, eran las últimas horas de la tarde y las sombras empezaban a cubrir la plaza. Cerró las cortinas y se acercó a su escritorio que estaba tapado con una pila de libros y cajas, había un cuaderno de tapas verdes junto a los libros. Guardó los libros en la biblioteca y al cuaderno lo dejó a un lado. Una caja tenía boletas con cifras que ya no significaban nada, abrió otra caja rotulada: Papeles importantes.
Ahí estaba la garantía del primer televisor y recordó los primeros tiempos de casados, cuando con Laura miraban la televisión acurrucados en la cama. La garantía de la filmadora y evocó aquellas salidas de fin de semana a Escobar, quien sabe donde están los rollos y siguió ordenando. Halló las patentes del Renault 12 abrochadas con un clip ya oxidado y recordó las vacaciones en Córdoba. De un sobre saltaron los carnets del club. Hizo memoria: fue en el segundo año de casados, iban con Joaquín en su cochecito a la pileta y, sin plata, habían disfrutado igual del verano. Siguió sacando papeles, ahí estaba el manual de la multiprocesadora que nunca usó, regalo de su suegra, el manual de la cámara de fotos que compró cuando nació Joaquín, le tengo que pedir las fotos a Laura y continuó. Del fondo de la caja sacó el carnet de la biblioteca, sonrió recordando cuando los echaban por charlatanes y ruidosos.
El cesto rebalsaba y el escritorio no parecía suyo y ahí estaba el cuaderno verde, antes de tirarlo lo leyó.
En la primera hoja reconoció la caligrafía de Laura, que había olvidado el cuaderno la última vez que se vieron y no la pudo atender, quedaron en encontrarse otro día y otro día fue nunca.
Escrupulosa Laura consignaba todo. Desde el primer beso que le había robado en la biblioteca, la primera salida al cine cuando no la dejó ver la película, las impresiones de las vacaciones, de los viajes, el día que nació Joaquín. Notó como al pasar las hojas se espaciaban los buenos momentos y se amontonaban reproches, enojos, días de estar juntos sin hablarse, comiendo en silencio mientras miraban la televisión, las angustias de Laura y sus resentimientos.
Cerró el cuaderno y lo guardó otra vez en la caja de papeles importantes.
Levantó el teléfono, marcó el número de Laura y escuchó: “El número no corresponde a un abonado en servicio…”
 
 

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DOS CARILINAS POR UN PESO
Gerardo Rean  

Dos Carilinas por un peso
 
 
Ayer a la mañana fui a comprar la mercadería para vender hoy.
Lo mío es un trabajo digno, como cualquier otro. Me gustaría que dejen de pensar que soy un vago, que mangueo, que lo mío no es trabajo. A ver si se animan a trabajar como yo, ocho horas arriba de un colectivo. Poner la cara para vender no es fácil, más cuando te miran con bronca. Yo sé lo que piensan, éste en vez de trabajar pide limosna, pero no, lo mío no es pedir, yo vendo un producto, yo camino todo el día. Yo pongo la cara.
Todos los días, arrastro mi vergüenza en el 60, el colectivo que arrastra a muchos a sus trabajos, pero a mí no, porque este es mi sustento, aquí arriba les toco el corazón, les indigesto el desayuno o el almuerzo, les muestro mi pobreza.
      Estimados pasajeros, directamente de fábrica y por mi intermedio, hoy llega a ustedes esta partida, que al no haber intermediarios puedo ofrecerles a solo un peso. Sin ningún compromiso de compra, voy a pasar a entregarles dos paquetes de pañuelos descartables… Si señora ya estoy con usted.
Ofrezco mi mercancía haciendo malabares apoyado detrás del asiento del conductor. Y así empiezo la rutina, les cuento mi pobreza, mientras el bondi recorre la paqueta Avenida Santa Fe. Este es mi trabajo, tengo dos hijos, que ahora tienen hambre y tengo que darles de comer.
      Dos paquetes de pañuelos de papel solo por un peso.
Recorro el pasillo y los miro uno a uno. Algunos me escuchan pero no pueden mirarme, hurgan en sus bolsillos, encuentran unas monedas que rápido sacan y rápido esconden su vergüenza mirando por la ventanilla la Avenida Santa Fe.
Y mañana otra vez seguiré con mi rutina.

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 DIEGUITO
 Gerardo Rean

     De la camioneta Mercedes Benz caen gotas de sangre y forman una mancha, que se pierde en la banquina. En la cabina, una mujer embarazada tiene la cabeza apoyada sobre el volante haciendo sonar la bocina.
     La mujer está desmayada y la bocina, como si supiera, pide socorro. Los focos iluminan la banquina oscura en la noche bonaerense.
     En la casilla las voces y las risas del Rata y su mujer se confunden con las voces y las risas de la televisión. En la pantalla aparece El Diego. El Rata recuerda la fábrica, las mateadas y los paste- litos.
     —Si en la fábrica me decían Diego, Dieguito.
     Recuerda los viernes cuando volvía de la fábrica con un sobre gordo, lleno de billetes y cómo lo apretaba en el tren para que no se lo robaran. Llegaba a la Estación de Moreno y compraba fiambre, pollo, vino y jazmines para la Rosa, porque la Rosa siempre lo esperaba en la puerta de la casita de ladrillos, todavía sin revocar.
     En la televisión sigue hablando El Diego.
     Su mujer le dice:
     —Rata, hace algo si no ya sabés, empiezo a trabajar en la calle, vos no querés, pero voy igual.
     —Ya salgo Rosa, ya salgo, con esa panza qué vas a traer, ni un peso traés.
     Y se va el Rata a trabajar pisando con cuidado en los ladrillos rotos de la senda, esquivando el barro y el agua estancada de las esquinas.
     Son casi tres cuadras hasta el campito en el centro de la villa. El Rolo está en la puerta del Kiosco tomando fresco en camiseta, sentado en la silla con el respaldo al frente y con un vaso de cerveza en la mano.
     — Lo de siempre Rata.
     — Si varón y apuráte que se escapan los chabones, en un rato ya no pasa nada.
     —Tranquilo hermano si querés sacarme bueno— el Rolo termina de tomar la cerveza y se limpia la boca con el brazo izquierdo y chancleteando entra al kiosco.
     El Rolo es un amigazo, piensa el Rata, de día me fía los bizcochos, la yerba y de noche la merca.
     Bueno él sabe que nunca le fallo, me tiene confianza.
     Después el Rata cruza el campo y salta el alambrado. En el Camino del Buen Ayre, respira el miedo y aspira la merca. Busca una piedra y queda escondido debajo del puente. Le tiemblan las manos. Diego, no seas cagón, si es fácil. Rompés el vidrio, manoteás la guita y corrés por el campo hasta la villa.
     Ve dos luces que se acercan. En la curva una camioneta Mercedes Benz baja la velocidad y ahí no más el Rata tira la piedra. El vidrio del parabrisas se rompe y la mujer embarazada frena.
     —Dame toda la guita, ahora ¡Rápido! o te quemo. Soltá boluda, soltá...
     —Sabés Rosa que la tipa se asustó, me agarró la mano y ahí nomás apreté el gatillo y apenas pude manotear la cartera. Toma, te la regalo y al Rolo mañana dale unos billetes para achicar la cuenta.
     El Rata aspira la droga y respira el calor de las chapas y la tierra todavía caliente. Que poca guita tenía la boluda.
     En la ruta las gotas de sangre dejan de caer y la bocina deja de sonar cuando llega la ambulancia. La mujer todavía respira y la llevan a la sala de primeros auxilios. El médico de guardia hace lo que puede, pero la mujer ha perdido mucha sangre y no aguanta, al pibe lo salva.
     En la sala de espera, cuando llega el padre del recién nacido, la enfermera le dice:
     — Es un varón. Qué nombre le ponemos.
     — Diego, como quería la madre.

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